Grupo de Adictos al Sexo y al Amor Anónimos

Grupo de doce pasos para la recuperación de la adicción al sexo y al amor

Primer paso de SLAA 24 abril, 2007

Filed under: Información y literatura sobre el programa — Grupo Aceptación y Cambio, de Adictos al sexo y al amor anónimos @ 21:27

Admitimos que éramos impotentes ante la adicción al sexo y al amor, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

La palabra “impotencia” evoca en nuestra mente diferentes ideas que, sin embargo, guardan relación entre sí. En primer lugar, significa que carecemos del poder necesario para tomar decisiones sensatas en el terreno sexual y emocional. Éramos esclavos del sexo y del amor (que experimentábamos como dependencia emocional o juegos románticos de coqueteo). El hecho de que estos nos llegaran a esclavizar, indicaba que existía algo extremadamente importante y poderoso en nuestros patrones sexuales y emocionales que producía una satisfacción que nosotros considerábamos necesaria.

A veces, al intentar tomarnos unas vacaciones románticas y sexuales, lo que en realidad estábamos tratando de hacer era aliviar la pesada carga de nuestras culpas y frustraciones. A veces pretendíamos llenar el vacío de nuestro interior con una persona. O quizás ocultábamos el miedo al compromiso tras la idea de que estábamos viviendo nuevos modelos de moralidad basados en el sexo sin culpa, en el amor libre o en el sexo lúdico. Pero todos nosotros estábamos utilizando nuestro poder sexual y nuestra capacidad de acoso sentimental, bien para disminuir el dolor, bien para aumentar el placer. Estos eran los motivos profundos que dominaban nuestras intenciones y nuestras acciones sexuales y románticas.

En un momento determinado nuestro comportamiento comenzó a adoptar las características compulsivas de la adicción. Las aventuras, anteriormente raras, comenzaron a ocurrir mensual y más tarde semanalmente. Sucedían cuando eran menos convenientes o cuando perturbaban el trabajo o las obligaciones familiares. El ensueño de placer ocasional se transformó en una obsesión constante que impedía que nos concentráramos en cosas más cotidianas e importantes. De una en una disminuían las satisfacciones derivadas del trabajo, con amistades y actividades sociales mientras veíamos cómo una sola persona absorbía cada vez más nuestro tiempo y nuestros pensamientos. El alivio ocasional de la tensión sexual con la masturbación se convirtió en una exigencia para la cual la oportunidad tenía que ser fabricada. Habíamos perdido el control sobre la cantidad y la frecuencia (o ambos) con la que buscábamos una “solución” sexual o romántica a los problemas de la vida.

La intensidad hipnótica de los encuentros o relaciones sexuales o románticos se apoderaron de algunos de nosotros, haciendo que nos fusionáramos con nuestros amantes o cónyuges. Estas experiencias se volvieron increíblemente compulsivas, dominándonos eufóricamente en un principio, y luego cada vez menos de buena gana. Implacablemente, la fuerza con la cual nuestras escapadas sexuales y románticas o nuestro enfrascamiento en una relación se apoderaban de nosotros, nos condujo a una prolongada esclavitud de nuestras necesidades sexuales y emocionales: una gran urgencia real, innegable.

La búsqueda originaria de huida de las tensiones y responsabilidades de la vida, de alivio de las culpas del pasado y de la frustración del presente, nos conducía ahora a querer perder la conciencia. Los “mundos felices” en los que reinaba la moralidad de “todo vale” porque “¿qué más da?”, se volvieron contra nosotros y nos dejaron sumidos en la búsqueda de algún sentido residual de significado o de realidad en la vida al que poder aferrarnos. La obsesión y la compulsión, convertidos en nuestros verdaderos amos, indicaban que el dominio sobre nuestra vida sexual y emocional no residía en nosotros o en nuestro interior. Habíamos perdido el control, lo admitiéramos o no.

Desde el punto de vista de “todo vale, “¿qué más da?” la pérdida de control no era tan negativa. De hecho, a veces la misma adicción nos engatusaba, convenciéndonos de que eso era lo que queríamos. Muchos estábamos tan aletargados, que sólo una ráfaga de intensidad física y emocional proporcionada por un “éxito” sexual y romántico, podía penetrar en nuestros seres, cada vez más embotados y depravados, e infundirles ánimo. Con efecto semejante al que un pinchazo de aguijada causa a alguien que está agotado y aturdido, un éxito adictivo nos sacudía y nos proporcionaba la ilusión pasajera de que estábamos vivos y viviendo de verdad. Era como si tuviéramos una voz dentro de nuestras cabezas que nos dijera que si conseguíamos más, todo iría bien.

Y si la adicción adoptaba la forma de dependencia de una persona, la pérdida de control no nos parecía tan perjudicial. Nos decíamos a nosotros mismos que nuestra esclavitud era en realidad la prueba de que la nuestra era la pareja ideal; que ya que estábamos dispuestos a sacrificar cualquier cosa por ese amor, nuestra generosidad tendría su recompensa. En solitario, la vida era tediosa y vacía; pero la felicidad sería completa cuando participáramos aún más del ser de nuestro amado, cuando fuéramos uno con él.

A pesar de todo, un remordimiento de conciencia continuo aunque vago, procedente de nuestro más profundo interior, siguió advirtiéndonos que no todo marchaba tan bien. A pesar del camuflaje cultural y racional tras el cual se podía esconder la adicción, era imposible, a menos que optáramos por el suicidio, eliminar esa voz interior que nos señalaba, en forma de susurros al oído, cuántas oportunidades de crecimiento personal estábamos dejando pasar por alto. La culpa causada por los actos y pasiones previos o por el desperdicio de oportunidades, cedió ante otra culpa a su vez más profunda y convincente: la de no haber vivido la vida, la de habernos cerrado a la posibilidad de cumplir un destino con sentido.

Tratábamos de impedir que estos dolores existenciales penetraran en nuestra conciencia. Pero pese a nuestros esfuerzos, nunca fuimos capaces de conseguirlo. La vehemencia de la pasión adictiva se mostraba cada vez menos capaz de erradicarlos. La misma adicción no podía proporcionarnos esa satisfacción sexual y emocional que en un comienzo dábamos por segura y era tan absorbente. Comenzábamos a ver con claridad lo absurdo que era continuar bajo la tiranía de la adicción al sexo y al amor.

Poco importaba si nuestros patrones eran los de promiscuidad desenfrenada o de excesiva dependencia emocional de una persona, o una mezcla de ambos. Cada uno, en su debido momento, sentimos finalmente lo que era la verdadera desesperación. Ante la perspectiva de continuar viviendo de acuerdo con nuestros patrones adictivos, o de seguir esclavizados por los mismos, nos planteamos que corríamos el peligro de perder el sano juicio de forma irrevocable, de dar un salto al borde de un abismo más allá del cual la estabilidad y el sentido de la vida estarían ya para siempre fuera de nuestro alcance. Vimos que esta posibilidad era aún más terrible que la muerte física. La pérdida de nuestra alma era todavía más dolorosa, ya que el cuerpo en el que vivía seguía existiendo, paralizado espiritualmente en su interior, y violentamente arrastrado por los impulsos sexuales tiránicos que se habían convertido ahora en sus amos.

Así, a unos cuantos de nosotros, el temor a que la adicción al sexo y al amor causara aún más estragos, nos llevó al punto de rendición incondicional. Nos convencimos de que TENÍAMOS que parar. Y fue entonces cuando comenzamos a enfrentarnos al otro aspecto de la falta de poder: la idea paradójica de que aceptar la imposibilidad de controlar la adicción es el comienzo de la recuperación.

Todos habíamos intentado en diferentes ocasiones una amplia gama de estrategias para controlar nuestra conducta de modo que nuestra vida como adictos fuera compatible de alguna forma con las otras actividades que ejercíamos como miembros de la sociedad. Dejábamos a un amante concreto o encontrábamos otros, a menudo en rápida sucesión. Parábamos de masturbarnos o comenzábamos a hacerlo, en lugar de mantener relaciones sexuales con otros. Cambiábamos de preferencia sexual, buscábamos relaciones con los que sexualmente nos atraían menos, nos mudábamos a otra ciudad, hacíamos todo tipo de propósitos, jurábamos ante amigos y seres queridos. Nos casábamos con amantes celosos o suspicaces, o nos divorciábamos para así disponer de la libertad necesaria para buscar otra pareja más satisfactoria. Experimentábamos conversiones religiosas, a veces optando por una vida monástica en la que el sexo estuviera fuera de nuestro alcance. Buscábamos un compromiso emocional profundo, y para tratar de compensar la intensidad de una relación, buscábamos otra en otro lugar. Y así sucesivamente.

Estas estrategias, por muy fuerte que fuera la convicción con que las adoptábamos, siempre resultaron ser como las “resoluciones de no beber”. Si en un principio el éxito nos acompañaba en la lucha contra la conducta adictiva, rápidamente adoptábamos un aire de confianza y autosuficiencia, totalmente injustificada, y llegábamos a la conclusión de que ahora sí seríamos capaces de conseguir que todo nos saliera bien. Esta actitud hizo que bajásemos la guardia y en consecuencia volvimos a hundirnos en esas arenas movedizas que son nuestros patrones, unas veces en cuestión de meses o semanas, otras a los pocos días u horas.

La falta de éxito en nuestros intentos de gobernar la adicción, la pérdida de control, eran evidentes. Habíamos sentido una y otra vez esa sensación que, por alterar la mente, había minado la fuerza de nuestra resolución de liberarnos de la adicción al sexo y al amor. En consecuencia, consideramos la posibilidad de rendir la adicción al sexo y al amor con un espíritu de humildad total, ya que no había forma de saber si tal rendición era posible.

La misma adicción hizo que nuestra misma buena voluntad de intentarnos liberar de la enfermedad fuera algo muy cuestionable. Pero al menos estábamos alcanzando el suficiente grado de desesperación, una vez más, como para intentar liberarnos. Comenzamos a reconocer que éramos impotentes, y no sólo para transformar alguna pareja sexual concreta, amante o situación. Éramos impotentes contra un modelo adictivo, y cualquier circunstancia actual, no era sino la más reciente manifestación del mismo.

El problema en nuestros intentos previos de dominar la adicción radicaba en que habíamos infravalorado la seriedad de nuestra condición. Al tratar de huir de una situación particularmente dolorosa, dando palos de ciego, no habíamos sido capaces de ver la dimensión total del patrón hacia el que nuestro desastre actual apuntaba y del cual no era sino el resultado. La verdadera rendición de la adicción al sexo y al amor significaba que no sólo habíamos de estar dispuestos a salir de la dolorosa situación inmediata en la que nos encontrábamos. Significaba, ante todo, estar dispuestos a renunciar a nuestra estrategia vital de obsesión y de búsqueda de sexo y amor. La resolución de superar una situación dolorosa concreta, sin la voluntad de interrumpir la totalidad del patrón adictivo, equivalía a “las resoluciones de dejar de beber”.

Cuando nos planteamos cuáles eran nuestros patrones adictivos individuales, es posible que nos hayamos dejado llevar del entusiasmo en un principio, al enterarnos de que en SLAA cada persona define como se manifiesta en ella la adicción al sexo y al amor. Esto nos llevó a muchos a la conclusión errónea de que podíamos “definir” nuestros patrones de modo tal que nos permitieran seguir disfrutando de la adicción, aunque bajo otro aspecto distinto. Sería suficiente, pensábamos, calificar de adictivas tan sólo las conductas obviamente problemáticas, siendo innecesario añadir más platos al menú.

Por ejemplo, si afirmábamos que nuestra conducta adictiva consistía en el exhibicionismo; al definir nuestro patrón limitándolo sólo a esta práctica concreta, podíamos engañarnos a nosotros mismos auto-convenciéndonos de que los actos sexuales a cambio de dinero no formaban parte del mismo. Podíamos sostener incluso que este cambio era un paso positivo, ya que no nos dedicábamos como antes a la práctica de actos exclusivamente en solitario. El caso opuesto también era verdad para aquellos que calificábamos de adictivas tan sólo las conductas obviamente promiscuas. Pasábamos a practicar actividades en solitario tales como la masturbación, el “fisgoneo” (voyeurismo) y el exhibicionismo y sosteníamos que representaban una mejora ya que no implicábamos a nadie directamente en nuestra enfermedad.

Esos intentos eran tan inútiles como los de los alcohólicos que tratan de cambiar la cerveza por el vino, o el vino por la cerveza, calificando al uno de mejora respecto al otro. Los que tratamos de auto-engañarnos en la forma de definir la adicción al sexo y al amor nos encontramos volviendo a recaer en nuestras conductas pasadas o vimos como nuestras supuestas mejoras nos causaban problemas. Aprendimos a fuerza de golpes que la rendición a medias no es posible. La libertad de la que disfrutamos a la hora de definir nuestros propios patrones adictivos no la podíamos utilizar a nuestro antojo. Nuestras adicciones son una realidad que persiste al margen de cualquier definición fácil y miope. Si no incluíamos en nuestra definición personal alguna conducta adictiva, ésta acabaría arrastrándonos de nuevo hacia todo el patrón.

El dolor que inevitablemente acompañaba a la adicción al sexo y al amor nos llevó a confesar “que éramos impotentes ante la misma” y que no podíamos gobernar nuestras propias vidas a menos que nos liberásemos de dicha esclavitud. Finalmente, llegamos al punto de rendición incondicional. La prueba de que nuestra rendición era sin condiciones, la constituía el que tratábamos de abstenernos, día a día, de cualquier forma de conducta adictiva que formara parte de nuestro patrón. Si nuestro problema adictivo primordial lo constituía la dependencia amorosa obsesiva, entonces nos separábamos o rompíamos los lazos que nos unían a nuestra pareja. No lo hacíamos para castigarnos a nosotros mismos o para hacer sufrir a los demás, sino porque sabíamos que esas situaciones eran verdaderos callejones sin salida. Muchos de nosotros abrigábamos la sospecha o caímos en la cuenta de que necesitaríamos un periodo de soledad indefinido en el cual aprenderíamos a comprender nuestra enfermedad y a enfrentarnos con ella. Cualquier tipo de distracción a través de alguna forma de relación sexual y amorosa lo único que podía hacer era abortar el proceso de recuperación. Si alguien a quien considerábamos “indispensable” nos acababa de rechazar, la rendición exigía que aceptáramos este revés sin venganzas ni reproches. También significaba que, por primera vez en nuestra vida, no íbamos a buscar consuelo en los brazos de nadie.

Cada uno de nosotros, con independencia de sus circunstancias personales, estaba ahora dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario, día a día, para permanecer libre. Esta decisión era unilateral. No dependía de la cooperación o falta de cooperación de nuestros cónyuges, amantes u objetos sexuales. En lugar de estar a la disposición del próximo amante o de la última fantasía sexual, queríamos estar al tanto de lo que acontecía en nuestro interior. Paradójicamente, este deseo no procedía de nuestra propia fuerza, sino del convencimiento absoluto de que en caso de seguir bajo las garras de la adicción, las consecuencias serían terribles. A medida que renunciábamos a los viejos moldes, las emociones dolorosas de las que siempre habíamos intentado huir nos proporcionaron una serie de conocimientos que constituyen el don del segundo paso.

 

17 Responses to “Primer paso de SLAA”

  1. leslie Says:

    es increíble…..así mismo es como me siento, tan sola en la oscuridad y la vergúenza, nadie me comprende, porque no me he vuelto a casar, y yo siento que no avanzo, sigo siendo la misma chica rota, acomplejada…quisiera controlarme, pero la verdad es que es y ha sido más fuerte que yo!

  2. laisa Says:

    Gracias por esta información, me reflejo en este patrón en el que se siente una necesidad constante de contar con un amante que ocupa obsesivamente mis pensamientos de manera enajenante, haciendo de lado mis necesidades, mi cuidado, mis compromisos y mi familia; necesito asistir a las juntas en línea, espero poder contactarme sin problemas

  3. Hola Albenis. Ya te respondimos en tu correo. Estamos para servirte. Att. Luz U.

  4. Marco Says:

    Marco,
    Buen articulo, describe situaciones muy parecidas a mis experiencias y sentimientos Necesito ayuda, les dejo mi correo por si me puden contactar y enviar información estoy en Morelia Michoacán. Gracias de antemano

  5. Gerardo Says:

    gracias por compartir conmigo tales aseveraciones, de alguna forma ode otra estoy inmerso en este problema y quiero salir de él, por favor quiero participar en grupo de ayuda en línea y encontrar la respuesta a mi problema

  6. EGP Says:

    Hola, gracias por esta información. Por favor necesito acudir a grupos en línea, ya que donde vivo no hay grupos físicos. Gracias.

  7. Srg Says:

    hola me encuentro en la cuidad de cancun y me veo en muchos de los relatos mencionados y hace ya un par d eaños que se que tengo un problema y se a hecho mas grave y cada vez me siento mas solo y con mas necesidad de mas que amor de sexo y e dejado mi voda y mis cosas por esto y quiero darles solucion y necesito ayuda para esto por favor diganme direccion o tel para acudir al grupo de cancun , aunque no se, si pudiera ir me da mucha verguenza llegar y ahi viene el adicto al sexo o algo asi mi ahi esta mi correo espero informacion aun no se si vaya pero sera bueno tenerla gracias

  8. EGP Says:

    Hola, nuevamente. Estoy en Venezuela, lejos de la capital. Realmente necesito ayuda en esta área. Soy miembro de AA desde hace 16 años, y hasta ahora he podido entender y reconocer este “nuevo” problema en mi vida. Quisiera asistir a reuniones físicas, o en línea (messenger, fb, skype, etc). ¿Podrían darme guía de qué hacer por favor? Gracias

  9. mao263 Says:

    hola mi nombre es mauricio soy adicto al sexo y solo hasta hace poco lo reconoci, quiero estar en un grupo de ayuda pero no se como, soy de colombia (medellin)

  10. MARLENE Says:

    Hola, tengo muchas dudas, quisiera saber de un grupo más cerca de mi ciudad vivo en Morelia. Acabo de separarme de mi pareja en gran medida por mi adicción, pero lo cierto es que quiero recuperarme y recuperarla a ella.

  11. cecilia Says:

    Necesito ayuda e informacion vivo en morelia, m urge pido a gritis ayuda ya no puedo mas

  12. Omar Says:

    Hola! Soy adicto al sexo. Necesito ayuda en morelia

  13. Omar Says:

    Hola soy adicto ocupo ayuda y un grupo en Morelia. Gracias

  14. Sergio Says:

    Hay algun grupo en morelia?


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